Hay muy pocos lugares donde me resulte tan fácil vivir el presente como bajo el agua.
En cuanto desciendo, algo cambia.
La rutina se queda en la superficie.
Las reuniones.
Los mensajes.
Las listas de tareas.
Durante un rato dejan de importar.
Bajo el agua solo existe el momento.
El océano no tiene prisa
En tierra estamos acostumbrados a ir siempre deprisa.
Más rápido.
Más eficientes.
Más productivos.
Pero bajo el agua eso simplemente no funciona.
El mar tiene su propio ritmo.
Y cuanto antes lo aceptamos, más disfrutamos de la inmersión.
Lo que viene después deja de importar
Muchas veces ya estamos pensando en lo siguiente.
La próxima reunión.
La próxima tarea.
Las próximas vacaciones.
Bajo el agua esa sensación desaparece poco a poco.
En lugar de pensar en el futuro, empiezas a vivir el presente.
La siguiente respiración.
La siguiente patada de aleta.
La luz atravesando la superficie.
Los mejores momentos no se pueden planificar
A veces es una tortuga.
A veces un pulpo curioso.
Y otras veces simplemente el inmenso azul.
Sea lo que sea, esos momentos rara vez aparecen porque los buscamos con insistencia.
Aparecen porque estábamos atentos.
No persiguiendo.
Simplemente observando.
Bajo el agua no hay listas que completar
Nos encantan las listas.
Ver este animal.
Bucear en aquel pecio.
Alcanzar esa profundidad.
Pero el océano no entiende de listas.
Y quizá esa sea precisamente una de las razones por las que nos fascina tanto.
La calma también se contagia
He comprobado muchas veces que nuestro estado de ánimo influye en toda la inmersión.
Quien está tranquilo suele bucear con más tranquilidad.
Quien se toma su tiempo descubre mucho más.
Y quien disfruta del momento suele regresar con recuerdos que ninguna cámara puede capturar.
Los mejores momentos suelen ser pequeños
No hace falta que ocurra nada espectacular.
Un banco de peces.
Un rayo de sol.
Una mirada a tu compañero.
Un minuto de silencio absoluto.
Muchas veces son precisamente esos pequeños instantes los que recordamos durante años.
Quizá ese sea el mayor regalo del buceo
Por supuesto, el buceo nos enseña muchas cosas.
La flotabilidad.
La seguridad.
La vida marina.
Pero quizá también nos enseña algo mucho más importante.
Algo que podemos llevar con nosotros a la vida diaria.
Dejar de comparar constantemente este momento con el siguiente.
Y aprender simplemente a disfrutar del presente.
El océano nos lo recuerda
El mar no tiene prisa.
Los peces no tienen citas.
Las tortugas no piensan en mañana.
Quizá esa sea una de las lecciones más bonitas del buceo.
Durante un rato, ayer deja de importar.
Y mañana también.
Porque bajo el agua solo existe una cosa.
Este momento.
Y quizá por eso siempre queremos volver.





